miércoles 26 de mayo de 2010

Los locos de la colina

-¿Tienes algo que hacer esta tarde? -me preguntó ella, como quien no quiere la cosa.
-Languidecer aquí en casa -suspiré- Y buscar culpables. Mira, lo siento, ¿eh? Pero no estoy muy de humor para salir.
-Yo tampoco -respondió- Precisamente por eso te lo decía.
Creí que, a su peculiar manera, me estaba diciendo que no, que ella tampoco quería salir. Mientras lo pensaba, sin embargo, volvió a la carga.
-Tú sabes conducir, ¿verdad?
-Sí, pero te he dicho que...
-Pásate a recogerme. Y llévame en tu coche a cualquier sitio apartado. A la colina más alta que haya en los alrededores de esta ciudad.
-No entiendo nada. ¿Qué quieres hacer en un sitio así?
-Pues suicidarme, por supuesto -al otro lado de la línea, su voz sonó fúnebre- Tirarme desde allí. ¡Plof! Y desparramar mis sesos. A los tíos todo hay que explicároslo, ¿eh? ¿Te hago un mapa?
No habría estado nada mal. Y menos aquella tarde.
-En realidad, me basta con huir -confesó entonces-. Así de sencillo. ¿Me acompañas?
-No tenemos mucho dinero -objeté, siguiéndole el juego por aburrimiento.
-No importa. Eso ya se verá sobre la marcha.
-Nos buscarán tarde o temprano.
-Bueno. Será una vida difícil, eso no te lo oculto. Pero somos jóvenes y rebeldes y bellos. Tiene que salir bien por fuerza. ¿No crees?
Y quedé con ella a las ocho. Cerca de donde vivía había un chino que nos proveería de todo el hielo y el alcohol que íbamos a necesitar en nuestro largo éxodo. Alguien tenía que pensar en los detalles prácticos del plan.
-Vaya mierda de coche -soltó ella nada más verme aparecer, con una risita malvada.
-Y tú, vaya mierda de prófuga -contraataqué, sin la menor piedad- Yo el Ferrari me lo dejo en casa para estas cosas, ¿sabes? Perdona.
Mi amiga enarcó las cejas y ocupó con ligereza el asiento del copiloto.
-Touchée. Anda, sácame de aquí. Es este aire, que me hace decir tonterías.


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