-¿Qué?
Él ni siquiera me miró. Tenía la vista perdida en algún punto fijo. Quizá ni siquiera estuviese hablando para mí del todo.
-Que aprietes los dientes.
-Tragármelo todo...¿es eso?
-Pues sí -calló un momento, luego continuó-. Yo, cuando algo me jode o me da problemas, aprieto los dientes. Y me lo trago todo, y me aguanto.
Tampoco yo supe qué decir. Pensé en su madre, que estaba enferma y probablemente moriría. Dejándole un poco más solo aún. Y me imaginé sus labios convertidos en una delgada línea inflexible y, dentro, los dientes rechinando.
-¿Y se te pasa de verdad cuando haces eso?
-Depende, claro -le dio una calada al cigarrillo-. Pero yo planto cara. Aprieto los dientes y sigo. Siempre.
No era momento de contradecirle, así que lo dejé para otra ocasión. No sabía tampoco si me admiraba o le compadecía.
Él volvió a dar otra calada, expulsó el humo y, después, miró el cigarrillo. Durante un instante, una especie de desconcierto pareció apoderarse de su expresión. Contempló el delgado cilindro entre sus dedos como quien, de repente, advierte que lleva encima algo extraño. Al cabo de unos instantes, se incorporó y tiró el pitillo al suelo, aplastándolo con la punta de la zapatilla.
-Bueno. Yo vuelvo con esta gente. Vente, anda. Deja de darle vueltas a la cabeza.
***
Aprieta los dientes.

0 millones de gritos:
Publicar un comentario en la entrada