Aquella tarde, como tantas otras, la pasé en la biblioteca con Cora. Yo llegaba allí con un rato de antelación, devolvía los libros que había sacado la vez anterior y seleccionaba otros. Nada escogido; como lector era intuitivo, anárquico, impaciente. Pero, como iba diciendo, tomaba prestados unos cuantos libros y después empezaba a leerlos allí, medio hundido en uno de los butacones de tela. Al cabo de un rato, Cora entraba a trabajar y me encontraba siempre en el mismo sitio. A veces pasaba más rato conmigo, otras menos. En ocasiones me llevaba a la sala común de los bibliotecarios y echábamos allí la pausa del café charlando de lo que fuese. Ella se dedicaba a corregir las erratas que veía en los libros, o bien comentaba conmigo las faltas de estilo que veía en unos y otros.
-Es sólo el criterio de una chica recién licenciada -observaba con una sonrisa-. Pero en fin, tampoco hay que ser un genio para saber que esta frase rompe todo el capítulo.
O bien:
-Vaya, está visto que este tío no sabe escribir cosas románticas -y comentarios por el estilo.
Otras veces, me dejaba ayudarle a actualizar el tablón de sugerencias y novedades que había a la entrada del enorme edificio blanco. La verdad es que no sé cómo mis visitas nunca llegaron a darle problemas en el trabajo. Juntos, íbamos clavando sobre la delgada lámina de corcho folios impresos con datos de los escritores que los usuarios de la biblioteca recomendaban. Yo nunca había conocido a alguien como Cora. Para hablar de libros, quiero decir. Había leído muchísimo, y aunque no te decía cosas tipo lo que podías encontrar en los libros de texto o las revistas literarias sesudas, sus críticas tenían algo que a mí me convencían profundamente.
-No hay obligaciones en literatura. Quítate eso de la cabeza, y cuanto antes mejor. No tienes que leer tal o cual cosa sólo porque así quedó dicho en cualquier parte. Y si éste o aquél clasicazo no te gusta, pues ya está. No deberían tiranizarnos también en esto.
Alguien, al parecer, se lo había dicho una vez.
Esa tarde, terminé hablando con ella de mis experiencias nocturnas por la ciudad. Medio en broma, medio en serio, había cogido algunas cosas de mi vieja caja de zapatos y, con ellas en la mochila del instituto, me había ido a recorrer los cafés y bares en los que, a veces, organizaban lecturas. La mitad de las veces no me atrevía a participar yo mismo, y la otra mitad se veía a las claras que aquello era un circuito cerrado para gloria y disfrute de unos pocos y sus amigos. Pero a veces me levantaba del asiento donde me bebía mi refresco y, antes de poder arrepentirme, leía algunos de mis papeles. Le conté a Cora que, a veces, allí de pie con mis palabras en la mano, era en el fondo bello y triste a la vez. Que me sentía, más que nunca, como un exiliado construyendo cosas de nuevo. Que a veces se me olvidaba quitarme la mochila de la espalda y parecía como si en cualquier momento fuese a irme corriendo.
-Pero eso es el vértigo de las primeras veces, seguro. Debes de ser de los más jóvenes que vayan por ahí, ¿no? Con lo bien que te expresas. Se nota a la legua que no eres como los demás.
La verdad es que yo, en mis papeles, hablaba de cosas hartas de pasar de mano en mano. Iba casi todo de Laura, y de Raúl, y de mi casa (mi verdadera casa), y de mamá luchando, cosas así, con los nombres no, claro, pero en esa línea. Desde luego que no se parecía mucho a lo del resto, pero no estaba seguro de que eso fuese positivo.
-Déjame adivinar. Los demás hablan de furia, noche, cosas enrevesadas y sexo, ¿a que sí? Y, en comparación contigo, suenan terriblemente modernos y transgresores.
-Pues sí.
-Pues a mí, eso, me parece un aburrimiento la mitad de las veces, qué quieres que te diga -tomó un sorbo de té, mojó la galleta maría en ella-. Todos tan rebeldes y tan rabiosamente actuales y tan llenos de fuerza y furia. Las tres cuartas partes suenan iguales. Eso cuando los entiendes. La mayoría se limita a soltar cosas que estéticamente suenan fenomenal, pero que después resulta que, comprenderlas, ellos y nadie más. Son toda una metáfora del mundo en el que vivimos.
-En estos tiempos duros, cotiza el vacío, ¿eh? -sonreí-. Pero, no sé. También los habrá buenos. Es sólo que a mí me sucede como a ti. Que a veces escucho a la gente hablar y me pregunto qué hay de verdad en todo.
-Claro que hay gente buena. En lo de escribir como en todo, siempre hay gente que marca la diferencia. Gente que tiene el don. De componer una buena poesía, escribir una intensa novela o vivir una vida plena, lo que más te interese. Pero esa gente tiene algo en común. Creen de verdad en lo que dicen. Y, por eso, brota sinceramente de su corazón. Los demás, se limitan a llevar una preciosa máscara.
Echó un vistazo a su reloj, buscó el clip que siempre usaba como marcapáginas. Con la otra mano, dio un apretón cariñoso a la mía sobre la mesa.
-Eso es lo que quiero decir, en tu caso. Tú tienes tu propio mensaje, Javier. Igual no es especialmente novedoso. Igual aún no sabes transmitirlo del todo. Pero es el tuyo. Escribe sobre lo que sientes. Se sincero contigo mismo. Y un día sucederá algo. Encontrarás una señal.
-Una señal -repetí, con un deje burlón-. Dios descenderá envuelto en nubes y me señalará con su enorme dedo resplandeciente.
Cora guiñó un ojo y dijo:
-Pues, quién sabe. ¿Te imaginas? -rió-. Podrías terminar volviéndote un iluminado.
Una semana después de aquello, en efecto, recibí una señal. Y, sin saber por qué, me agarré a las palabras de Cora como si fueran un talismán o el último consuelo en la faz de la tierra. Resonaban en mi cabeza, una y otra vez. Y yo las atesoré en mi interior, sin dejarlas salir. Se habrían estrellado contra las paredes del pasillo del hospital. De rodillas junto a la cama de mi madre, habrían adelgazado y muerto junto a ella.

2 millones de gritos:
Me encanta Javier :)
;) La verdad es que también en mi cabeza va haciéndose un hueco mayor. Antes lo veía un pelín más secundario, pero ahora, cada vez más, va cobrando forma.
¡Tengo unas ganas de que llegue el verano para no tener que limitarme a cosas en el blog!
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